lunes, 20 de diciembre de 2004

Road movie.

Viajo en autobús, en dirección a Málaga. Estoy sentada junto a la ventanilla y contemplo el paisaje que envuelve la autopista. El tráfico es lentísimo (es el día siguiente al de las bombas en las gasolineras y sí, como ayer cortaron los accesos por carretera, millones de coches se desplazan hoy a paso de tortuga, en dirección al sur). 

En mitad de un campo amarillento de aspecto bastante yermo, aparecen tres señores vestidos de verde militar, con capas de agua y sombreritos plastificados (llueve, claro). Y escopetas al hombro. Unos cuantos perros deambulan a su alrededor. 
Me pregunto qué cojones pretenden cazar en ese secarral colindante a la autovía. 
Y de pronto, veo que dos de los perros comienzan a correr a toda velocidad. Unos veinte metros delante de ellos, y en paralelo a la trayectoria del autobús, un conejo -o liebre, yo de eso no entiendo-, un bicho peludo de orejas enormes y rápido como una centella. 
El bus debe circular a unos sesenta kilómetros por hora y, esa velocidad es, durante un buen rato, la que sostienen conductor, conejo y perros. 
La persecución se desarrolla ante mí, como espectadora privilegiada: el conejo está justamente a la altura de mi ventana y, en mi asiento, yo he comenzado a gritar como una posesa “mira-el-conejo-mira-el-conejo-mira-el-conejo”, con lo cual ya no soy la única testigo de la carrera, sino que todos los pasajeros del bus, conductor incluido, están atentos a las maniobras de los animalitos. 
Pero yo soy la única que puede ver cómo le palpita el corazón al conejo. 
Y yo soy a la que mira el conejo. En una fracción de segundo durante su trepidante y angustiosa huida, el conejo gira la cabeza hacia mí y me mira. Estoy loca: el conejo me ha guiñado un ojo. Y nada más hacerlo, acciona un dispositivo turbo que triplica su velocidad y como en los dibujos animados, el conejo se convierte en una estela que desparece en el horizonte… 
“¡Conejo campeón!”, grito enajenada. 
Y el señor que mastica su bocadillo de chorizo en el asiento de atrás, me dice: 
“Tú eres el conejo perseguido y los perros que persiguen al conejo”. 
Dorotea me mira y se caga de la risa. 
Y esto NO es un sueño, esto pasó en el último viaje a Málaga.

jueves, 2 de diciembre de 2004

dELE 33

Y, sí, hoy fue... (porque no a todos nos crucifican el mismo día)

martes, 23 de noviembre de 2004

Tiempos muertos.

Durante los cinco últimos meses he llevado un reloj parado en mi muñeca.
En la derecha: me confieso zurda vocacional, desde chiquita. Desde que aquella entrenadora de baloncesto me expulsó del equipo del colegio, por ambidextra, díscola, camorrista, y también (aunque esto no lo reconociera hasta diez años después) por mi manifiesto desdén ante sus insinuaciones. Juegos tontos para niñas con vocación religiosa. Observando a todas aquellas monjas descubrí que el deporte que me interesaba era otro distinto. Qué tiempos.
Bien. Mi reloj se detuvo a principios de junio, precisamente, el día del cumpleaños de mi madre. A las seis menos cuarto, no sabemos si antes o después del mediodía, porque mi reloj no tiene recursos para diseccionar la vida con tanto detalle, ni yo tengo costumbre de observar su funcionamiento con demasiada frecuencia. De hecho, tardé días en descubrir el tiempo estancado en mi muñeca. Tres, en concreto. Y no porque me sorprendiera estar cenando a las seis menos cuarto, a.m. o p.m., sino porque recordaba haber celebrado el cumple de mami hacía bien poco, y aquella maquinita se empeñaba en perpetuar la ilustre fecha.
Justo entonces comenzaban mis largas vacaciones -de las que aún no he conseguido librarme, auxilio- y no es que decidiera quitarle importancia al asunto, es que lo olvidé por completo. Era verano y mi reloj cumplía sobradamente su función de evaluador estival: la sombra que dejaba en mi piel iba midiendo los progresos de mi bronceado.
Por lo demás, todo eran ventajas: las seis-menos-cuarto se convirtió en el mejor momento del día para bucear, tomar un helado, ver una película, dar un paseo por la montaña o comer otra ración de gambas. El estribillo de la canción del verano podría haber sido “¡Si todavía es muy pronto! Sólo son las seis menos cuarto”.
Así, en un tiempo voluntariamente detenido e ignorado, aconteció el verano. Y llegó a su fin.
Regresamos a la realidad: el bronceado se disuelve en dos duchas gracias al bien clorado Canal de Isabel II, las amistades huyen ante el visionado de las fantásticas instantáneas digitales tomadas durante tanto viaje (¿800 fotos, nada más?), comienza a anochecer a la hora de la merienda y, lo más descorazonador, a mí se me empieza a hacer tarde para todo.
Pierdo el tren, soy impuntual en mis citas, se me pasa el plazo de todas las reclamaciones y, no me explico cómo, el periódico que acompaña mis desayunos es siempre el del día anterior.
Comienzo a echar mucho de menos a mi abuela y a su reloj mágico, el que heredé tras su muerte y me robaron en los camerinos de un teatro, mecagoensuputamadre. Era un reloj enorme, con los números diseñados para ambliopes (para ancianas operadas de cataratas, también); un reloj que, para funcionar con absoluta precisión, no necesitaba ni pilas ni mecanismos de cuerda ni nada que te obligara a tomar demasiada conciencia del tiempo. De niña, mi abuela me explicaba que ese reloj se alimentaba del pulso que latía en su muñeca. Por eso no podía pasar mucho rato abandonado en la mesilla de noche: agonizaría al carecer de un ritmo cardiaco del que nutrirse.
Años después, cuando ya había perdido la posibilidad de cultivar minutos con mi propia sangre, descubrí que el reloj de la Yaya no era mágico sino cinético. No necesitaba el brío de la vida para mantenerse en marcha, sino la energía del movimiento.
Así que, quizás sea eso. No fue mi reloj lo que se detuvo: se paralizó mi propia existencia. Más bien, mis expectativas: míralas, ahí colgadas, inertes, sostenidas en el precario equilibrio de las agujas de un reloj parado.
Todo tiempo perdido es tiempo ganado. Tiempo aborregado. Me dispongo a recoger mis rebaños extraviados para reactivar esta vida detenida en la apatía del invierno. (Eso debe ser “ponerse las pilas”, hay que joderse).
Gracias, Yaya.
Y ahora, he de marcharme a toda prisa: están a punto de cerrar la relojería.


Editado mucho (mucho) tiempo después: por fin lo conseguí: hace un año casi que llevo 
este reloj, suizo y cinético. Sí.

domingo, 31 de octubre de 2004

Contrición preposicional.

• A medio metro de mi sonrisa, mientras escribías en tu cuaderno, parada en mitad de las Ramblas, sin percatarte de mi presencia.
• Ante la catedral, observando en la plaza los bailes estáticos de los abuelos catalanes.
• Bajo las piedras góticas de esa terraza en la que hiciste aparecer una herramienta multiusos del interior de tu bolso. Y yo, asombrada.
• (El cabe no me cabe)
• Con el aliento entrecortado tras la carrera para no perder el funicular y, por supuesto, durante los trayectos en cualquiera de nuestros cacharros colgantes.
• Contra las murallas del castillo, alrededor de los cañones, las mil espadas y pistolas, cazando tus guiños en los reflejos de las vitrinas.
• De refilón, en la terraza de esa casa que ya no es mía y a la que, no sé de qué manera, aún pertenezco.
• Desde el otro lado del cristal, fotografiándote en la mesa de aquel café, con una sombra de boquerones en vinagre en el paladar.
• En la penumbra feroz de las masacres de Tarantino, con el misma exceso de sangre y risas.
• Entre las olas del paseo marítimo nocturno, contándote episodios de mi vida, desanudando rincones en tu presencia.
• Hacia nuestra primera medianoche, masticando la carne de la cena morosamente servida, o bebiendo café de tu tacita. Y claro, mientras estabas reclinada sobre la barandilla de las escaleras, despidiéndome.
• Hasta que hubieras despertado definitivamente, con el café, las mediaslunas y las fotografías del desayuno, sin importarme los madrugones provocados por mi falta de concentración, celebrando un día más.
• Para distraerte y devorar tus agnolotti. O devorar si no tus recuerdos televisivos de esa infancia que compartimos a doce mil kilómetros de distancia.
• Por hacerme sufrir la decoración del Palau de la Música, con tu mano entre la mía sentadas en aquel escalón, durante la proyección del audiovisual venciendo el sopor y derrumbadas bajo tanta floritura modernista. Y en la tienda del perrito amoroso.
• Según-dos después de sentarnos en el tren, en el tranvía, en el mirador del Tibidabo y, de nuevo, en el funicular.
• Sin respirar, en la noria, en la noria, en la noria, en la noria y en la noria.
• (So… ¿qué coño es “so”?) So pena de hacer saltar los engranajes de los autómatas, o de enredar todos los hilos de las marionetas o de fulminar las existencias de juguetitos en la tienda del Parque de Atracciones o de asfixiarte llenándote la boca de palomitas de maíz. (¡¡Sooooo!! Socorro, socorro.)
• Sobre la mesa del restaurante mexicano, incapaz de digerir ninguna cosa sólida porque me paraliza el estómago pensar que puedas marcharte tan pronto.
• Tras ceder al cansancio y abandonar mi cabeza sobre tu hombro en el cine y desear convertirme en molusco o liquen y no recuperar nunca más la movilidad ni la razón ni la realidad de la cuenta atrás ni el mundo de ahí fuera ni nada de nada de nada. Y tus caricias alrededor de mi codo. E incluso durante el último paseo, con la fatiga de esa tristeza encorvándome los omóplatos y borrando mis huellas, tu manito en mi hombro, la mía en tu cuello, los pasos dibujando el camino de regreso y la despedida rápida en el callejón de las almas en pena.
También entonces te hubiera besado.

martes, 26 de octubre de 2004

martes, 19 de octubre de 2004

Tras el cristal.

Sé que aún estáis ahí fuera, aguardándome, esperando mis palabras.
Esa expectativa, confortablemente acomodada en vuestros rincones, es el alimento de mi sopor.
Las posibilidades y ese cielo tan gris y tan denso nutren mi letargo. Del otro lado del cristal.
Porque ahora está ya cerrada la ventana, atenuados los ruidos y los olores (el hermético mundo del invierno que vuelve a atraparnos por sorpresa, cabrón. Si vas a cantar serenatas bajo mi ventana, mándame un telegrama para informarme, o me perderé la proeza. Certeza, pereza, cereza, la que nunca colgó del lóbulo de tu oreja).
Y como ya no tenemos 16 años, no nos quedan grúas para movilizarnos, ni lenguajes para perder, ni tanta literatura que ganar.
Así que, seguiremos despilfarrándonos.
Muy despacio.

lunes, 18 de octubre de 2004

Que alguien me ayude...


... a moverme. Gracias.

Invierno súbito.

Una chica morena paseaba llorando por mis sueños, casi he llegado a tocar su espalda cuando algo me ha despertado, el susto de la proximidad.
El cielo gris del otro lado y la pregunta en mi cabeza: ¿por qué duran tan poco - tan nada - la primavera y el otoño? Aún sigo sin entender que no existan tránsitos ni contemplaciones para pasar del verano al invierno y viceversa; los cambios estacionales son tan bruscos como esos sueños que me persiguen.

martes, 5 de octubre de 2004

Colin ha muerto.

Escrito hace exactamente una semana:
“Mi mascota. Colin, el anciano gasterópodo, gran patriarca hermafrodita de la Familia Caracol, acompaña estas y otras muchas de mis elucubraciones -no sé si precisamente originadas por su influjo, quizás no debería invertir tantas horas en observar la trayectoria babosa de su decadencia. El bicho lleva casi dos años en casa; me pregunto cuál será su esperanza de vida (¿cuál será su esperanza, sin más?). Estos últimos días duerme con la cabeza fuera del caparazón y las antenitas asomando, no sé si intenta decirme algo con esa actitud, pero me preocupa. Se va a morir cualquier día de estos y me va a dejar un vacío grande, entre el portátil y la ventana, que es donde vive (o sea, entre mi corazón y mis horizontes, ni más ni menos). Está como duro, un poco ¿artrítico?, hum. Yo también duermo raro, con la antena bloqueada a media asta, incapaz de sintonizar ese sueño que se escurre entre las sábanas sin que pueda llegar a ponerle título…” 
La cosa se veía venir.
Estoy triste.

lunes, 4 de octubre de 2004

jueves, 23 de septiembre de 2004

Ejecución.

La ventana en cuyo paisaje me rescato cada amanecer es la misma desde la que me suicido justo antes de irme a dormir, a la que me asomo para soñar y para gritar todos los nombres que he olvidado, en la que riego mis cactus sin espinas y debajo de la cual tú no cantas serenatas. En el alfeizar de mi ventana descansan las palomas sucias en que se convirtieron mis dedos temblorosos (esos que no te despidieron) y hasta ella llegan, a veces, las estadísticas más categóricas: la perplejidad ocupa el 47% del total de la actividad ejecutable por mi cerebro, antes de ser fatalmente decapitada por la persiana.

Despacio, de espacio: La bella locura de La Fenice.

Como es bien sabido, el 29 de enero de 1996, el teatro de La Fenice, en Venecia, desapareció engullido por un incendio colosal. Fue un duro golpe. Para quienes aman la ópera, ésa era una de las cuatro o cinco salas más importantes del planeta. Y ardió como una cerilla. Ahora sabemos que fue un incendio provocado. La empresa de electricistas que estaba trabajando en el nuevo sistema antiincendios (figúrate) provocó el accidente porque no era capaz de acabar el trabajo antes de una fecha determinada, y ésa era una manera de posponer el asunto sin pagar una cláusula penal que les habría arruinado. Hay que decir que probablemente imaginaban algo más pequeño, un pequeño incendio limitado, alguna llamita. Les salió mal. Nadie logró detenerlo, y el teatro se hizo humo, literalmente.En Venecia reaccionaron con compostura. “Donde estaba, como estaba", decretaron, dando por descontado que a partir del día siguiente se habrían puesto a reconstruirlo. "Donde estaba, como estaba" era un lema inventado años antes en circunstancias semejantes: en 1902 se derrumbó el campanario de San Marcos (sin la ayuda de electricistas, lo hizo todo él sólito: ya no podía más) y se abrió un debate sobre qué hacer. Resultado: reconstruirlo idéntico al de antes y en el mismo lugar. En ese caso, como por otra parte también en el de La Fenice, el asunto olía a sentido común, y pragmatismo véneto. A lo mejor, durante un instante, puedes soñar con llamar a un arquitecto japonés y hacer que te construya algo futurista sobre una isla artificial en medio de la laguna. Pero luego es bastante obvio que abandonas la idea y sólo intentas no provocar demasiados daños. Y la solución más lógica es, efectivamente, volver a poner todo en su sitio, igual que antes. Tiene todo el aspecto de ser una solución de puro sentido común: me ha fascinado descubrir que, en cambio, es el alegre ingreso en una locura. Intentaré explicarlo.
Lo que de verdad significa "como estaba, donde estaba" sólo lo entendí cuando me invitaron a dar una vuelta por la obra de la reconstrucción. Allí dentro estaban en la recta final. Estaban trabajando en las decoraciones. Paso por alto la emoción de regresar a aquella sala como si mientras tanto no hubiera sucedido nada: extraña acrobacia del alma. Y en cambio no paso por alto el hecho de que, en un momento determinado, me encontré en un vestíbulo, de ésos por los que pasas distraídamente con una copa en la mano, durante el intermedio, buscando un espejo para comprobar si se te ha torcido la corbata. Allí encuentro a dos artesanos trabajando. Están haciendo las decoraciones de estuco, en las paredes. Arabescos y animales. Pájaros, para ser más exactos. Los están haciendo de nuevo: como estaban, donde estaban. Es decir, que si tenían el pico hacia la izquierda, los vuelven a hacer con el pico hacia la izquierda. Si la pata estaba algo levantada, hacen la pata levantada. Es importante aclarar que, ateniéndonos a la realidad de los hechos, uno puede ir al teatro durante años, a ese teatro, y nunca verá esos pájaros: no se da cuenta de que existen, son decoraciones que no entran nunca en la retina y en la memoria. A menos que alguien te coja el cráneo y te lo parta sacudiéndolo precisamente contra aquellos pájaros, tú nunca verás los pájaros. Pero ellos los vuelven a hacer iguales. Como estaban, donde estaban.
Naturalmente, acabas por preguntarte cómo saben dónde estaban y cómo estaban. Fotografías. Sólo que, evidentemente, nadie se tomó nunca la molestia de fotografiar los pájaros, habría sido como hacer un retrato a Marilyn Monroe fotografiándole una uña de los pies pintada. Por tanto, las fotos, cuando salen bien, reproducen toda la habitación, y tú, con la lupa, vas a ver si aquel pájaro, allí, en aquel rincón, tiene la pata hacia arriba o hacia abajo. ¿Y si no hay foto? Preguntar a los que habían pasado por allí es inútil. ¿Pájaros? ¿Qué pájaros? Entonces puedes leer lo que ha dejado el incendio: una sombra, unos restos ennegrecidos, una esquirla. Aquella mañana, cuando acabé en aquella habitación, el estucador jefe (un genio en su campo) acababa de terminar de leer detritos de ese tipo, logrando deducir, a partir de una sombra dejada por las llamas, que los pájaros de ese panel eran halcones, deducción hecha a partir de las dimensiones de las patas, patas robustas, de ave rapaz. No hay foto, el fuego lo devoró todo, pero ahora él está allí haciendo un pico de halcón, como estaba y donde estaba, porque una sombra de una pata le ha desvelado el secreto. 
Entonces uno pensaría que esos pájaros tienen, en cierto modo, un valor artístico único, que deben ser salvados. Puedo decir con toda tranquilidad que no es así. En sí mismos, esos pájaros tienen el valor artístico de las aplicaciones de raíz de nogal que podemos encontrar en los salpicaderos de los coches. Adornos. Y ni siquiera geniales, o revolucionarios, o de algún modo significativos. ¿Queréis saber toda la verdad? Los pájaros que se quemaron con La Fenice eran, a su vez, copias. Es una historia absurda, pero es cierta. La última vez que reconstruyeron la Fenice en 1854 después del enésimo incendio, tuvieron la idea de construir un teatro dieciochesco, cien años después. Algo tipo Las Vegas. Tomaron un teatro dieciochesco y lo copiaron. Por lo que, para ser exactos, aquella mañana, aquel artesano, ante mis ojos, estaba haciendo la copia de un pájaro que era una mala copia de un pájaro que sí era un original, al menos hace 200 años. Y fue allí donde sentí llegar el aroma de la locura. 
Cuando me di cuenta de que más o menos la misma historia de los pájaros valía también para las lámparas, las pinturas, los espejos, los suelos y todo lo demás, entendí que no estaba paseando por un teatro, sino por un cuento de Borges. Con un cuidado casi enfermizo, algunos humanos geniales gastaban un número tremendo de horas usando un saber técnico perfeccionado durante siglos, con el único fin de alcanzar un objetivo aparentemente loco. Era suficiente para investigar. Y entonces acabé en el departamento de dorados. 
Así están las cosas: si queréis dorar algo, podéis sumergirlo en un baño de oro, y eso es lo que hacen en Las Vegas. O queréis hacerlo exactamente como lo hacían en 1854 y entonces lo que usáis son impalpables panes de oro tan grandes como un posavasos: uno a uno, durante horas, los dejáis caer sobre la superficie que queréis dorar. Imaginad que doráis así vuestra bañera: una eternidad. Bueno, éstos han dorado La Fenice. Entonces pensé que ese gesto era de veras un gesto que quería disfrutar por completo, de principio a fin. Y pregunté: ¿pero quién hace estos panes de oro? Una semana después estaba en casa de Giusto Manetti. 
Giusto Manetti ya no está, pero era un tipo que en 1820 se puso a hacer oro en panes. En Florencia. Después de cinco generaciones, todavía están allí, con el mismo apellido y un saber acrisolado en el tiempo hasta la perfección. 
Prácticamente, si el juego consiste en reducir un lingote de oro a una lámina tan ligera como un mosquito, ellos son, en ese juego, los mejores del mundo. Hay un alemán al que no se le da mal, pero en resumidas cuentas, los mejores son ellos. He ido a sus laboratorios porque no he logrado ir a las minas de oro: pero la idea consistía en reconstruir una locura de principio a fin. Como un viaje. ¿Listos para partir? Pues bien, la mina, desgraciadamente, sólo podéis imaginarla. Pero imaginadla (Rusia o Suráfrica). Después os trasladáis al taller de Manetti. Florencia, Italy. Un crisol que contiene, friéndose, una aleación de oro, plata y cobre: las proporciones son evidentemente, resultado de décadas de experimentos. Lo mismo vale para los tiempos de fusión y hasta para el tiempo que tiene que dedicar el hombre que vierte el oro fundido en el molde que lo espera. Verter. Enfriar. Chisporroteo. Lingotito, a menudo de un centímetro, tan grande como una tableta de chocolate. Lo hacen pasar por un rodillo. El lingote pasa una vez, dos, diez, y cada vez pierde una pizca de espesor y gana en longitud. Al fin tenéis una tira de oro de varios metros de largo y tan gruesa como una tarjeta de crédito. La cortan en muchos cuadraditos. Luego toman cada cuadradito y empiezan a martillearlo: cinco golpes y vuelta, otros cinco golpes y vuelta, y así sucesivamente. Ahora lo hace una máquina, pero los que la manejan son los mismos que no hace muchos años lo hacían a mano. Cinco golpes y vuelta, cinco golpes y vuelta, etcétera. Se necesita una paciencia bestial, pero al final el cuadradito se convierte en un cuadrado tan grande como un posavasos. Sobre todo, es más sutil que nada. Entonces los controlan uno a uno, los cortan, tiran los que han salido mal, y los buenos los llevan a una habitación donde cuatro señoras los cogen uno por uno, con una pinza de madera, y los extienden sobre una hojita de papel. Son tan finos que, para extenderlos bien, las mujeres soplan sobre ellos: si los tocaran con las manos, lo estropearían todo. La última señora confecciona los "libritos", es decir, 25 panes de oro encuadernados. En el papel del paquete están las típicas medallas de la exposición universal. Y escrito en grande: "Giusto Manetti, Florencia". Tiempo transcurrido para convertir un lingote en una hojita: 10 horas, más 183 años haciendo lo mismo hasta no equivocarse más. 
Tren. Transbordador. Venecia. Fenice. ¿Me seguís? Gente que ha estudiado durante años ese gesto coge el librito de hojas de oro, lo abre, coge una hojita, la apoya sobre una almohada de gamuza, la corta en cuadraditos del tamaño de un sello, los levanta con un pincel y por fin los aplica a los pasamanos de una barandilla, dorándola. Miráis la barandilla. Resplandeciente de oro. Eso, precisamente: demasiado brillante. Está claro que no brillaba así un dorado de 150 años; aquel día, antes de quemarse, no brillaba así. "Como estaba y donde estaba": la hacen más opaca. A mano, con un arte humilde y sublime, raspan el oro en algunos puntos con un aglutinante rojizo. Luego aplican con un pincel otros pegamentos que quitan un poco más de brillo. Y entonces, sólo entonces, después de todo este viaje, después del trabajo de todos esos ojos y manos y memorias, después de todo ese saber salvado del olvido de un mundo que ya no lo necesita, entonces, por fin, habéis conseguido lo que queríais: un trozo de barandilla "como estaba y donde estaba". 
Siento haberme alargado, pero era necesario. No basta con mirar las barandillas y pensar; "Vaya, cuánto tiempo se habrá necesitado...". No. Hay que reconstruir exactamente todo ese tiempo, y ese saber, y ese gesto, para entender de verdad lo que está sucediendo allí dentro. Hay que entender la barandilla y luego, aunque sea terrible, imaginar el mismo proceso para las lámparas, los tejidos de las tapicerías, los mosaicos del suelo, aquellas dos estatuillas de allí, los dibujos del techo, los pájaros de yeso, y así sucesivamente, de decoración en decoración. Vertiginoso, ¿no? Sumad todo, y ahora escuchad: esto es sólo el estuche, las joyas son otra cosa. Todo este desmesurado trabajo se ha hecho sólo para hacer que el estuche sea elegante; las joyas son la música, el canto, el sonido de los instrumentos: la obra. Los pájaros de yeso son la uña pintada de Marilyn Monroe, y los dorados son la tacita que espera el café, y los mosaicos del suelo son las medias de rejilla que esa mujer se quitará cuando os ame. Decoraciones, oropeles, cosméticos. Pero cuando habéis acabado de hacerlos, aún no ha sucedido nada. En cierto sentido habéis producido la nada. 
Una hermosa locura, ¿no? ¿No es Borges? 
A partir de aquí, cada uno puede pensar lo que quiera. Y decidir si todo eso es una locura o algo sublime. ¿Puedo decir lo que pienso yo? Lo que pienso es que el único valor que tenían aquellos pájaros y aquellas barandillas, antes de quemarse, era el de llevar ahí un montón de tiempo. Por lo que eran valiosos era por los pasos que los rozaron, las manos que se apoyaron en ella, los sonidos que resbalaron por encima. Las miradas que no los vieron: porque en ellos estaba impreso un mundo que ya no existe. Su valor consistía en ser mudos barqueros entre nosotros y todo ese pasado, ese pasado nuestro. Una vez quemados, esa aura se perdió para siempre. Entiendo el dolor y la reacción instintiva, pero rehacerlos no salva nada. Es algo perdido, y nada más. 
Una vez dicho esto, vi algo en aquella obra que me hizo pensar. Me vino a la mente Valéry Él sentía una especie de nostalgia desgarradora por el mundo artesano. Decía que en el "paciente obrar" de los artesanos encontraba la proeza de la que era capaz la naturaleza cuando producía una perla o un fruto: "Obra preciosa de una larga serie de causas, una semejante a la otra". Y ya en sus tiempos podía decir: "El hombre actual ya no cultiva lo que no se puede simplificar o abreviar. Todas esas producciones fruto de un trabajo industrioso y tenaz han desaparecido, y ya ha acabado el tiempo en que el tiempo no contaba". Eso es. En aquella obra, mientras veía a esas personas, absurdas, que pasaban días dorando -Dios mío, dorando-, tuve la sensación de que no estaban salvando unas decoraciones, sino un modo de pensar el mundo. Estaban restaurando un tiempo en el que el tiempo no contaba. En el que la adecuación de los medios a los fines era una vulgaridad. En el que la optimización de un sistema productivo era una neurosis inútil y nada elegante. Otro mundo, si entendéis lo que quiero decir. El único mundo en el que puedes pensar en perder días haciendo un halcón que nadie verá nunca. ¿Tenéis presentes los adornos de las agujas de una catedral gótica? Cosas para los ojos de Dios. 
Y pensé que, al fin y al cabo, incluso la música que tocarán allí dentro no es en el fondo tan distinta de los pájaros y de las barandillas. Pensad en el tiempo que hay detrás de cinco minutos de Traviata. El que eligió la madera para los instrumentos, los maquinistas que manejan los decorados, el que copió la partitura de Verdi, el apuntador, el que hace los vestidos, y Violeta, naturalmente, y en su voz, su maestra y la maestra de su maestra, etcétera, retrocediendo siglos. Qué enorme cantidad de tiempo, y saber, y paciencia. Artesanía. La locura de la artesanía. Así que aquel teatro al final me parece ecosistema único, compacto, maravillosamente coherente, que, sin ningún pudor, vuelve a prometer una lógica que ya no existe. Es como un parque natural, como la última madriguera de una raza extinguida. 
Nos guste o no, estamos sumergidos en una civilización que ha hecho de la adecuación de los medios a los fines su propio ídolo. Nuestra religión consiste en poner en marcha sistemas en los que cada parte descarga energía al producto final, sin perder nada por el camino. Pensad en una cadena de montaje, símbolo algo anticuado pero que sigue siendo exacto: no debe desperdiciar nada, ni hombres, ni cosas, ni gestos, ni pernos, ni tiempo ni espacio. La locura de La Fenice -como muchas otras, por caridad- parece estar allí para recordarnos que también había otra posibilidad, caduca, pero en otro tiempo real. Sistemas que emplean una enorme cantidad de energía y tiempo para producir resultados sorprendentemente pequeños. Años para hacer una barandilla. Locuras, según nuestra lógica actual. Pero si lo piensas bien, eran sistemas que emanaban sentido a los lados y no a la llegada. Si reconstruyes la historia de la barandilla, entiendes que la barandilla es realmente poco, pero el mundo que se ha producido por el camino a partir del gesto que la hacía es inmenso. ¿Veis el modelo de desarrollo diferente? El tubo que pierde lleva poca agua al grifo, pero lo riega todo a su alrededor, y allí nacen flores, y belleza, o trigo, y vida. 
Perdonad el sermón. Pero quería intentar explicarlo. Para decir que cuando entréis ahí, antes o después, lo recorráis a conciencia, y cuando encontréis los pájaros de yeso, sobre el muro, deteneos y miradlos. No están allí para que los miren, es verdad, pero miradlos de todas formas, Son una locura. Y son lo que queda de lo que ya no somos. 

Alessandro Baricco. 

miércoles, 30 de junio de 2004

Arroces.

Dorotea mastica lentamente, mirándome a los ojos. Es tan minuciosa que el movimiento rítmico de su mandíbula parece una danza previamente coreografiada. La barbilla también baila al ritmo de su paladar. Al fin, tras un tiempo infinito, una pirueta en su cuello delata que está tragando:
- Incienso.
- Incienso. No. El incienso no es comestible, cariño. Es comino.
Sólo ella es capaz de imaginar un arroz condimentado con incienso.

Arroz nupcial escanciado con el botafumeiro de las travesuras el día de nuestra boda.
Nos casamos hace catorce meses, en una iglesia de piedras ruinosas contra cuyos muros estrellamos tres veces nuestras frentes (una por cada piso sin ascensor de nuestra también recién celebrada mudanza, porque la superstición de los deseos se nos quedó congelada en el apagón que propició nuestro encuentro, pero esa es otra historia...) Fue una ceremonia breve, amenizada por música de acordeón, malabares y bailes tradicionales del Baix Ampurdá –las raíces folclóricas siempre como aderezo de los disparates familiares. Por supuesto, sin cura, ni tratamientos preventivos, porque la religión que practicamos no permite más alivios que los correspondientes a la noche de boda. Y la fiesta no acabó demasiado tarde, más que por falta de ganas, por puro agotamiento: las secuelas de la mudanza...

martes, 29 de junio de 2004

Domadoras de fieras.

La inspiración es algo complicado de domesticar. A veces, me siento sin más, esperando que las palabras broten, como garbanzos puestos en remojo que germinasen entre mis dedos. Textos legumbre. Potaje de retóricas flatulentas. Lo mismo que los despertares, imposible determinar qué circunstancias afectan en el “ánimo de comienzo” de cada nuevo día. Quizás los sueños, claro. Y con las palabras ni siquiera queda ese consuelo. A veces huyen de mí y otras me rebasan hasta casi estrangularme. Entidades salvajes; no sé cómo amansarlas.



Posdata de Octubre 2004
“To avoid discovery I stay on the run. To discover things for myself I stay on the run. (…)
The sign on the shop says VERDE, nothing more, but everyone knows that something strange goes on inside. People arrive as themselves and leave as someone else. They said that Jack the Ripper used to come here…”
Esa es la tienda, Verde & Co. Ltd.
Ahí está ella. Ahí estoy yo.
La foto es original;  ni la persona que la tomó ni yo fuimos conscientes del escenario, es más, ni siquiera se había publicado entonces The Powebook.
Y bueno, ahí estamos.


Pero claro, domesticar la inspiración sigue siendo algo bien distinto…

lunes, 28 de junio de 2004

Río.

El río de la noche y todas las benditas intenciones naufragando en las risas de mi insomnio.

“96, 97, 98, 99 y... ¡100! ¡¡VOY!!” Camino sigilosa por el pasillo de la memoria, evitando tropezar con esa tabla delatora de mis pisadas - el entarimado de mis recuerdos ajado ya por los años y carcomas varias, y mis movimientos torpes, porque a mi edad no es nada fácil jugar al escondite con la propia sombra – y justo ahí, donde muere el pasillo y nacen las utopías, en el balcón desde el que podríamos asomarnos y contemplar un rizo de mar conversando alegremente con un soldadito de plomo, en esa esquina encortinada, me descubro oculta detrás de un visillo transparente: acartonada tras una cortina. Replegada sobre mí misma, conteniendo la risa, con las rodillas apretadas contra la barbilla; niña traviesa presumiendo (sin asumir) la invisibilidad de la inocencia. No me cabe en el cuerpo tanta ternura. Le estornudo una carcajada a la vida y salgo corriendo, persiguiéndome a mí misma por los rincones, refugiándome en la comisura de tus labios:
“Pormíyportodosmiscompañerosypormíelprimero"

domingo, 27 de junio de 2004

El tiempo.

“El tiempo, sus corrientes, mis mil preguntas entre los colmillos afilados, las contraseñas olvidadas, palabras rescatadas en los laberintos de un cajón sin fondo, el tiempo y sus huracanes, la limpieza de primavera a finales de NOviembre, paredes que sudan, memoria que ignora los calendarios, el tiempo, los tsunamis, ¿el tiempo?, la amnesia terapéutica o el olvido selectivo, las trampas de todas mis mudanzas y de todos mis empeños, mis deseos también tramposos, la sombra del tiempo y, en mitad de todo ello: recuperar la memoria de quiénes fuimos, ya que parece imposible descubrir quiénes somos. Camino despacio. Hago recuento. Me pierdo en un cañón y me contemplo desde la roca más alta: soy un ave carroñera esperando mi propia muerte para alimentarme de ella. Ave Fénix submarinista en mis abismos insondables. Querría hacer inventario de todas las plumas perdidas entre las nubes, regaladas a las estrellas de mar: Pluma del timón de cola, estacionada en una isla frente a las costas del insomnio. Pluma de alerón derecho, abonando la maceta en la que florece el almendro cada primavera. Plumón de la gorguera, definitivamente instalado en la almohada sobre la que reposan todos mis gemidos. Plumillas escapulares, donadas a las buenas causas del tránsito: to avoid discovery, I stay on the run. Vuelo rasante; estoy desplumada...”

Elena tropezando con un desnivel en los adoquines, a punto de perder el equilibrio y zambullirse de lleno en un charco aceitoso aparcado junto a un coche que no le pertenece. Elena caminando bajo la luz de las farolas, con una cesta llena de setas enhebrada en el brazo izquierdo. Elena doblando por la mitad la esquina de su casa, fabricando con ella un barco de papel y contemplando cómo naufraga en la alcantarilla al ritmo de sus pensamientos.

Hubo un abrazo quebrantahuesos en ese rincón: queda la sombra de alas abiertas planeando en sus secretas intenciones, y el deseo volando encapsulado en una nube azul que hace rato se acostó de mala gana, “Todavía es muy pronto, mamá”. Escenografías de la memoria, trampas en el nido oculto entre las grietas.

Fidel bajando el cierre del bar. “Véndeme un par de kilos, niña. A mi mujer le encantan los níscalos”. Buitres leonados en mitad de la ciudad. Estas setas valen su peso en lágrimas; hoy me ha salido cara la cena. Lactarius deliciosus. La alfombra del salón convertida en paraíso de los gnomos.

martes, 22 de junio de 2004

miércoles, 16 de junio de 2004

martes, 15 de junio de 2004

Tengo una pistola.

No me deja dormir ese peón con su estertor de martillos eléctricos y sierras radiales; es la última estrategia de la Reina para perturbar mi sueño: alicatar por enésima vez las paredes del baño y cambiar las griferías. Yo soy un animal nocturno. Me alimento del aire de la noche travistiéndome con los disfraces de Venus o de la luna, según las estaciones. Pero estas reformas imprescindibles en nuestro hábitat, que “sin duda regeneran nuestra calidad de vida” (de juego) me privan de los tardíos amaneceres y de la pereza demorada en las sábanas tibias del mediodía; me convierten en un fantasma que deambula ausente, sin fuerzas y con el espíritu bostezante, tropezando con los pobres caballos atónitos entre tanto escombro: nuestra casa se ha convertido en una demolición en blanco y negro y yo he perdido la coherencia de mis movimientos.

La restauración de la fachada fue el comienzo de un tropel de sinsentidos, de esta maraña de reparaciones infinitas, de la maniobra para conseguir que la noche y sus tristezas, dueñas de mi memoria, huyeran despavoridas ante la fatiga de las realidades: el alboroto del despertador berreando con furia a horas imposibles en las que todos los soles temen aún ver su reflejo despilfarrado en los pliegues de ojeras sin solución. Y esa cuadrilla de peones cómplices, pulcramente uniformados en su resignación y en su sentido de la perfección del deber bien cumplido, andamiando mis ventanas y regando con arena a presión las irregularidades de una fachada tan meritoriamente ajada por el musgo del tiempo. Años de erosión histórica arrasados con pulidoras y renovados sin piedad con una capa de granito indestructible, una piedra inmune a los vientos y a las lluvias y, claro está, a mis insomnios vitales. Era invierno entonces. Tristes meses en los que mi romance con el edredón –y en consecuencia, mi cortejo a las estrellas– fueron desplazados por el estruendo de la maquinaria obrera.

Ahora es primavera. El sol se dilata hasta horas insensatas, parece que no anocheciera nunca. Me ducho con prisa y sin placer, intentando no tropezar con ese artefacto amenazante que parece dispuesto a seccionar mis miembros hasta adaptarlos a la regularidad cuadriculada de las paredes y, en el momento en que me refugio en el abrazo del albornoz, con un ron, ronroneante y dulce como preámbulo de mis desidias, siento que se abre la puerta de casa: la Reina me mira amenazante, examina su territorio (analizando minuciosamente su más preciada posesión: yo...), disecciona el campo de batalla, la evolución de la cruzada, y comprueba satisfecha que sus ejércitos han llevado a cabo con perfección todas y cada una de las instrucciones planificadas a primera hora de la mañana. Entonces me sonríe y sustituye el algodón rizado de mi uniforme por sus propios brazos. “No sé qué haría sin ti, eres tan eficaz... Vístete: te invito a cenar”

Jaque mate. Fin de la partida.

martes, 8 de junio de 2004

Camino pegada a las paredes de los edificios, buscando la sombra. 
Y duermo boca abajo, muy quieta, con alguna pequeña parte del cuerpo en contacto permanente con otra alguna parte pequeña del cuerpo de Dorotea, como para no perderme en la confusión del sueño. Ni ahogarnos en mares de sudores compartidos. 

Espío a Ramiro, el vecino de enfrente: el verano se instala definitivo en nuestras vidas cuando él comienza a dormir con las ventanas abiertas de par en par y todas las luces de su buhardilla encendidas. No entendemos esa exhibición de su desorden doméstico, nos resulta fascinante, verle expuesto de esa manera, desplomado sobre la cama en calzoncillos, con los platos sucios de la cena invariablemente dejados aquí y allá, entre revistas, ropas arrugadas, cajas de discos vacías y discos sin caja. Tiene un oso de peluche sobre uno de los altavoces del equipo de música. Ramiro es enternecedor. Y guapo. Alguna vez le hemos visto masturbarse en su guarida, mirando películas porno de jovencitos depilados. El verano pasado madrugaba y apenas estaba en casa por las noches. Este año sin embargo debe encontrarse desempleado, duerme hasta bien entrado el mediodía. Ayer estuve a punto de lanzarle un avión de papel con un mensaje misterioso, y colar un poco de emoción en su vida, a través de su ventana eternamente abierta. Me pregunto cual será el nombre real de Ramiro.