lunes, 20 de diciembre de 2004

Road movie.

Viajo en autobús, en dirección a Málaga. Estoy sentada junto a la ventanilla y contemplo el paisaje que envuelve la autopista. El tráfico es lentísimo (es el día siguiente al de las bombas en las gasolineras y sí, como ayer cortaron los accesos por carretera, millones de coches se desplazan hoy a paso de tortuga, en dirección al sur). 

En mitad de un campo amarillento de aspecto bastante yermo, aparecen tres señores vestidos de verde militar, con capas de agua y sombreritos plastificados (llueve, claro). Y escopetas al hombro. Unos cuantos perros deambulan a su alrededor. 
Me pregunto qué cojones pretenden cazar en ese secarral colindante a la autovía. 
Y de pronto, veo que dos de los perros comienzan a correr a toda velocidad. Unos veinte metros delante de ellos, y en paralelo a la trayectoria del autobús, un conejo -o liebre, yo de eso no entiendo-, un bicho peludo de orejas enormes y rápido como una centella. 
El bus debe circular a unos sesenta kilómetros por hora y, esa velocidad es, durante un buen rato, la que sostienen conductor, conejo y perros. 
La persecución se desarrolla ante mí, como espectadora privilegiada: el conejo está justamente a la altura de mi ventana y, en mi asiento, yo he comenzado a gritar como una posesa “mira-el-conejo-mira-el-conejo-mira-el-conejo”, con lo cual ya no soy la única testigo de la carrera, sino que todos los pasajeros del bus, conductor incluido, están atentos a las maniobras de los animalitos. 
Pero yo soy la única que puede ver cómo le palpita el corazón al conejo. 
Y yo soy a la que mira el conejo. En una fracción de segundo durante su trepidante y angustiosa huida, el conejo gira la cabeza hacia mí y me mira. Estoy loca: el conejo me ha guiñado un ojo. Y nada más hacerlo, acciona un dispositivo turbo que triplica su velocidad y como en los dibujos animados, el conejo se convierte en una estela que desparece en el horizonte… 
“¡Conejo campeón!”, grito enajenada. 
Y el señor que mastica su bocadillo de chorizo en el asiento de atrás, me dice: 
“Tú eres el conejo perseguido y los perros que persiguen al conejo”. 
Dorotea me mira y se caga de la risa. 
Y esto NO es un sueño, esto pasó en el último viaje a Málaga.

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