miércoles, 14 de enero de 2015

Día 14.

El teléfono me despierta a una hora que me parece indecorosa. Igual no tanto: deben ser las nueve de la mañana.
Una voz masculina pregunta por mí, con primer nombre, segundo nombre y apellidos completos. 
Antes de contestar comienzo a imaginar los improperios con que voy a obsequiar al vendedor de lo que sea, la madre que lo parió.
Le llamo de la biblioteca.
¡¿?!
Tenemos aquí su mochila y su bici, me parece.

¡Diosesgrande!

En la biblioteca automatizada tardo en ubicar el mostrador donde se esconde el bibliotecario (debe haber uno en cada planta, pero nadie lo sabe: han sido sustituidos por lectores de códigos de barras, biblio-self-service es, qué lástima) y cuando lo encuentro, descubro que el flaco rapado que mi imaginación atisbó por el rabillo del ojo, ni es tan escuálido, ni tan calvo, ni tan malo: sonríe y, como un trofeo, levanta mi mochila por encima de su cabeza.

martes, 13 de enero de 2015

Martes (día) 13

Un anciano se desploma delante de mí en la puerta de la biblioteca.
Su mujer, una vetusta estatua nacarada, permanece impasible a su lado, sin mover un solo músculo. Ni se alarma, ni emprende ninguna acción. Yo suelto todo y corro a auxiliar al señor. Mientras le pregunto cómo se encuentra, si puede levantarse o prefiere quedarse ahí un rato (tumbado boca abajo en mitad de la calle...), por una fracción de segundo miro mis pertenencias abandonadas: la bici apoyada contra la pared, la mochila tirada en el suelo, llena de libros recién tomados en préstamo, el perro ladrando histérico a nuestro alrededor.
Y por un instante, mi mente enferma imagina que un chico muy delgado con la cabeza rapada aprovecha la situación, agarra la bici y la mochila y abandona discretamente la escena. Mi perro como guardián no vale una mierda: sigue ladrando al abuelo tirado en el suelo. Lo giro con cuidado y, zas, veo el primer cadáver de mi vida.
La mujer me dice: Venimos del médico, acaban de quitarle una escayola.
No, el señor no está muerto y me hace señas para que lo levante.
Una escayola, ¿de la pierna?, pregunto. No, de ese brazo. Justo el que tengo agarrado con todas mis fuerzas para ayudar al hombre a que se incorpore. Su puta madre, señora. Podía intentar ser un poco más útil. Pobre anciana desorientada.
Cuando aparto la mirada del viejito azulado por el esfuerzo y me aseguro de que puede caminar sin ayuda, descubro que estamos rodeados por un grupo de unas diez personas. Ni me había dado cuenta de que estaban ahí (¿por qué he tenido que levantar yo sola a este abuelo, que no está precisamente flaco?)
Acompaño a la pareja hasta la puerta de un taxi, respiro aliviada.
Y entonces sí: miro a mi alrededor y compruebo que, efectivamente, mi bici y mi mochila han desaparecido.
Al volver, ¡caminando!, a casa, el perro sale corriendo detrás de un gato. Negro.

domingo, 4 de enero de 2015

Día 4.

Domingo, cuatro de la tarde.
Un hombre lee en el metro. Casi todos los asientos están libres, pero él permanece de pie, con la espalda apoyada en alguna parte. Es alto y fuerte, quizás un poco gordo. Tiene una barba peluda pero cuidada, con algunas canas en las mandíbulas. Lleva un gorro y gafas, claro. Ropa buena, de la que no necesita ostentar marcas porque su calidad es obvia. No es un hipster: es a lo que todo hipster aspiraría, si pudiera. Difícil calcular su edad, entre treinta y cincuenta.  Pasan las estaciones y él sigue leyendo. Y de repente, sus ojos se llenan de lagrimas. Él continua escaneando con su mirada las líneas del libro, impertérrito, mientras las lágrimas cada vez son más gruesas y rápidas. Se le acumulan en el pelo de la barba. Se le está mojando incluso el cuello de la camisa. Me pregunto cómo puede seguir leyendo en esas condiciones y, por supuesto, qué está leyendo. Desde donde estoy sentada no alcanzo a ver la tapa del libro. No puedo resistirme, me levanto a mirar. "La constelación del perro", de Peter Heller. Ya. El tipo se ha dado cuenta de mi movimiento y clava en mí sus ojos húmedos. Si me gustasen los hombres, me enamoraría de este. Nos sonreímos y él alza las cejas, diciéndome sin pronunciar palabra: Sabía que iba a morirse y sabía que me partiría el corazón cuando llegase el momento, pero aún y todo, decidí amarlo hasta el final.
Y yo, en silencio, le respondo: Para mí lo insoportable es que después siga todo lo demás, igual, exactamente igual, cuando ya nada es lo mismo y no hay vuelta atrás. Y que sepamos que va a suceder y no podamos hacer nada para evitarlo. 
Y entonces son mis ojos los que se llenan de lágrimas. Salgo del vagón corriendo, en una estación que no es la mía. Me escondo para llorar a gusto sin que nadie me vea.

sábado, 3 de enero de 2015

Día 3.

Welcome-Back to the Future.
Quiero ser Marty McFly.

Lo digo ahora que soy mayor, llevo un gato muerto en la cabeza y todo me chupa un huevo, más o menos.
Hace treinta años era una petulante intelectual que merendaba apfelstrudel en la cafetería de los Alphaville, antes de ver Le thé au harem d’Archimède, o Mitt liv som hund o Je vous salue, Marie, tostones imposibles alejados de los cines de la Gran Vía, cuyos títulos jamás se mencionaban en castellano.
Obviamente, me perdí Regreso al futuro, así que ayer fue un placer verla por primera vez en mi vida.

Quiero tener 17 años, un monopatín, unas Nike blancas con cosita roja y, sobre todo, sobre todo, quiero el chaleco de Marty. Siempre he querido un chaleco de plumas, ¿por qué nunca lo he tenido?

Ahí lo dejo, a tres días de Reyes. Adiós. Me voy a ver la segunda parte.

viernes, 2 de enero de 2015

Día 2.

Escarcha.
Todas aquellas zonas que aún no han sido bendecidas por los rayos del sol son potencialmente mortíferas, por gélidas y resbaladizas. El perro, las gallinas y yo lo sabemos. Así que caminamos pisando charcos de luz, muy satisfechos todos. 

Alguien ha decorado un árbol con luces navideñas que tienen música incorporada.
¿Por qué?
Son las nueve de la mañana: las luces no se ven y ese sonido estridente es un flagelo que destruye la belleza del silencio que nos rodea. Me pregunto cuánto más falta para que todo termine.

Nos alejamos, jugamos con palos y piñas hasta que Olga aparece diminuta en la línea del horizonte, agitando los brazos: 'Volved, el desayuno está listo'. El perro corre hacia ella desconcentrado, atraviesa una zona de sombra y patina tres metros a la derecha sobre su costado. Cuando se incorpora parece reírse de sí mismo.

La mesa de la cocina repleta de botes, botecitos, tarros y tarritos: cada vez desayuno cosas más raras.

Me corto el pelo como cuando era una adolescente rebelde. Ahora parezco una señora mayor lesbiana que pretende ser moderna. Me da exactamente igual. Tropiezo con mi reflejo en una ventana: parece que llevo un animal muerto encima de la cabeza. Igual no me da tanto igual. Tengo que decidir qué hacer con mi bisoñé, si alimentarlo o determinar su extinción. Durante años estuve convencida de que bisoñé era un mamífero artiodáctilo, híbrido de bisonte y vicuña. Me los imaginaba en grandes manadas, atravesando el Serengueti, esquivando torpes las mandíbulas de los cocodrilos.

jueves, 1 de enero de 2015

Día 1.

Mandarinas.
En el desayuno, justo después de plantarle cara al vecino y pedirle que este año abandone sus costumbres matutinas: ya está bien de despertarnos todos los fines de semana y festivos a golpe de bricolaje y/o jardinería. ¿En qué momento el mundo comenzó a usar máquinas ruidosas para cortar, hacer volar o triturar la materia vegetal? Ya nadie utiliza tijeras de podar, escaleras o escobas. Horrible.
Ligero dolor de cabeza, no debimos bebernos anoche esas dos botellas de cava.
Más mandarinas.
Estrené año con bragas rojas, por primera vez en mi vida. Unas viejas y muy desteñidas. Pero rojas. Comimos las uvas, sin sobresaltos. Nos besamos, abrazamos a los animales, hicimos panqueques para rematar la jugada. Los teléfonos sonaron lo justo, cuatro deseos de amor verdadero: ¿en qué momento nos apeamos de la hipocresía social, del barullo de los mensajes haciendo colapsar los móviles? Ventajas de la sociopatía. Precioso silencio y soledad.
Intentamos ver Under the skin. Aguantamos exactamente trece minutos. Lo único que me gusta de Scarlett Johansson es su voz y en esa película marciana apenas habla. En los últimos tiempos, además de las habilidades sociales, estamos perdiendo la paciencia a pasos agigantados. 
Hoy hace frío: mandarinas.
Salgo a correr con el perro, una hora ligera, para aliviar su exceso de energía y el mío de culpa. Trotamos veloces por los caminos que va dibujando el sol que se pone a nuestras espaldas, entre los árboles y sus alargadísimas sombras de soldados que montan guardia.
También purgo los radiadores y aumento la presión del circuito interno de la caldera, con precaución, lo juro: ha habido un escape pero no como consecuencia de mis exageraciones.
No hago balances del año recién caducado. No ha sido el mejor de nuestras vidas, eso está claro.
Ayer pedí doce deseos a golpe de campanada, que yo recuerde también por vez primera en toda mi existencia de peladora de uvas.
Pensé en sustituirlas por gajos de mandarina, pero tuve miedo de gafar la tradición.