viernes, 2 de enero de 2015

Día 2.

Escarcha.
Todas aquellas zonas que aún no han sido bendecidas por los rayos del sol son potencialmente mortíferas, por gélidas y resbaladizas. El perro, las gallinas y yo lo sabemos. Así que caminamos pisando charcos de luz, muy satisfechos todos. 

Alguien ha decorado un árbol con luces navideñas que tienen música incorporada.
¿Por qué?
Son las nueve de la mañana: las luces no se ven y ese sonido estridente es un flagelo que destruye la belleza del silencio que nos rodea. Me pregunto cuánto más falta para que todo termine.

Nos alejamos, jugamos con palos y piñas hasta que Olga aparece diminuta en la línea del horizonte, agitando los brazos: 'Volved, el desayuno está listo'. El perro corre hacia ella desconcentrado, atraviesa una zona de sombra y patina tres metros a la derecha sobre su costado. Cuando se incorpora parece reírse de sí mismo.

La mesa de la cocina repleta de botes, botecitos, tarros y tarritos: cada vez desayuno cosas más raras.

Me corto el pelo como cuando era una adolescente rebelde. Ahora parezco una señora mayor lesbiana que pretende ser moderna. Me da exactamente igual. Tropiezo con mi reflejo en una ventana: parece que llevo un animal muerto encima de la cabeza. Igual no me da tanto igual. Tengo que decidir qué hacer con mi bisoñé, si alimentarlo o determinar su extinción. Durante años estuve convencida de que bisoñé era un mamífero artiodáctilo, híbrido de bisonte y vicuña. Me los imaginaba en grandes manadas, atravesando el Serengueti, esquivando torpes las mandíbulas de los cocodrilos.

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