miércoles, 14 de enero de 2015

Día 14.

El teléfono me despierta a una hora que me parece indecorosa. Igual no tanto: deben ser las nueve de la mañana.
Una voz masculina pregunta por mí, con primer nombre, segundo nombre y apellidos completos. 
Antes de contestar comienzo a imaginar los improperios con que voy a obsequiar al vendedor de lo que sea, la madre que lo parió.
Le llamo de la biblioteca.
¡¿?!
Tenemos aquí su mochila y su bici, me parece.

¡Diosesgrande!

En la biblioteca automatizada tardo en ubicar el mostrador donde se esconde el bibliotecario (debe haber uno en cada planta, pero nadie lo sabe: han sido sustituidos por lectores de códigos de barras, biblio-self-service es, qué lástima) y cuando lo encuentro, descubro que el flaco rapado que mi imaginación atisbó por el rabillo del ojo, ni es tan escuálido, ni tan calvo, ni tan malo: sonríe y, como un trofeo, levanta mi mochila por encima de su cabeza.

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