domingo, 30 de enero de 2005
jueves, 27 de enero de 2005
Congelaína...
Escribo, como todos ustedes ya sabrán (o no) invariablemente sentada frente a la misma ventana.
Tengo un lindo ordenador-portátil-regalo-de-aniversario y una mesa de madera de verdad que, a pesar de ser enoooorme, siempre está sepultada por múltiples cosas. Cosas que deberían ubicarse en otra suerte de receptáculos convenientemente prescritos, a saber: un archivador de revistas del siglo pasado, la vitrina de un museo arqueológico -sección minerales y fósiles-, una caja fuerte para alejar las armas de fuego de manos inexpertas, el puesto de un mercadillo ambulante de tecnologías obsoletas, la U.V.I. del jardín botánico, la orilla del mismo mar de todos los veranos, y finalmente, el expositor tamaño trailer de la juguetería más prestigiosa de la ciudad. Y es que “no entiendo cómo puedes acumular tantísimas cosas”, dice ella, (y hay sobre su mesa hasta una lata de fabada Litoral… en fin…)
Lo que hasta ahora nunca he dicho es que, esta ventana mía con montañas en perspectiva, protagonista infalible de mis composiciones paisajísticas, además de ser testigo sin voz de mis gritos sigilosos, es una antigüedad agrietada que me está jodiendo la vida.
Me explico.
La ventanita de mis demonios tiene fisuras. Esto, que puede parecer congénito a todas las cosas y circunstancias y ánimos y seres y demás, es muy poco conveniente cuando la temperatura exterior no sube de los tres grados centígrados. Y se vuelve del todo inadecuado cuando debajo de mi enooorme mesa demaderadeverdad se encuentra el único radiador de la habitación que ocupo.
Hagan su propia composición: estoy textualmente cocida de cintura para abajo y literalmente congelada de ahí hacia arriba.
Ya, puede resultar jocoso pero para mí NO LO ES. Porque con el calentón inferior intento contrarrestar la heladera superior, me paso el rato con las manos entre las piernas y así, ¿qué pretenden, que escriba?
Lo peor de todo es que esta situación se puede extra-polar (ártica o antárticamente) al resto de mi atribulada existencia.
Cabeza fría, culo caliente.
(No sé cómo interpretar todo esto, la verdad.) (¡Atchúúús!) (Disculpen)
miércoles, 26 de enero de 2005
There are more tears...
Sabía que iba a nevar. Puedo oler la nieve, en las nubes, agitándose en el aire y acercándose desde las montañas, desde esas montañas, mías, al fondo de todos los paisajes.
Así que, he pasado la noche en vela, al acecho de la nieve. Entre una tos estrellándose en mis brazos y un sueño escapándose por los poros de mi piel, vertebrándose a lo largo de mis plumas (entre el deseo y el miedo, entre la congelación y el deshielo); soy un pajarito polar, que más que volar, nada. (Y nada que nada nadaba al nadar, nadaba de lado y no te encontraba). Al final me dormí, boca abajo y babeante, sin llegar a descubrir si estaba esperando la nieve o esa felicidad sin forma ni olor ni pestañas que igual se deshace en los labios, como un beso helado caído del cielo.
Sonámbula fotógrafa de sueños ajenos: aún no había terminado de amanecer cuando me he levantado, me he sostenido sobre el trípode y así, sin precaución ni abrigo -que es como se han de recibir todos los besos, escarchados o no- me he atrincherado en la ventana, dispuesta a retratar mi boda con la nieve.
Bailando sobre los tejados. Pisando los sueños de Ramiro y celebrando los resbalones de Puri, que a esas horas de dios ya está limpiando escaleras (al cielo, Puri, al cielo directa), olvidando -congelando en la memoria, eso es olvidar- las lágrimas despilfarradas ayer, porque siempre fue ayer cuando lloramos y siempre fue porque quisimos, recuerda: There are more tears shed over answered prayers than over unanswered prayers.
martes, 25 de enero de 2005
Zzzzz...
El brebaje de los sueños felices es una infusión amable que llena la casa de olor a flores exóticas y me adormece los labios inventando besos por descubrir. La bebo porque me gusta su sabor, poderosamente delicado, y porque decora el ritual del fin de cada día. Y porque tiene un color indefinido, entre el naranja y el rojo y porque si fuera música, sonaría a piano y trompeta y a voz de mujer madura con un poco de resaca. Pero es una hierba sudafricana, nada más. Y nada menos: antioxidante y desestresante y con miles de terapéuticos efectos que desconozco y desconoceré por siempre nunca jamás -segunda nube a la derecha y todo recto hasta la mañana. Bebo mi humeante rooibos y sonrío: ¿efecto colateral? Y me descubre la prensa que se ha puesto de moda mi brebaje, imagínate. Y ahí están los sueños, ese viaje siempre pendiente. Y ahí estamos. Ahí. A punto de chupar un sello.
jueves, 20 de enero de 2005
Ustedes comprenden, soy una ballena que sueña.
Atardecer. Sonido hipnótico de la lavadora intentando un nuevo viaje lejos de casa (le daría libertad en su centrífugo deseo si me sintiera capaz de usar la bañera como pilón para la colada, pero…) Colada como una piña, emborracho sus sacudidas desvencijadas con otro trago de Mimosínsecadorápido, y entre mimos, la trompeta de Chet Baker despidiendo la luz del día. Qué rápido se seca la tarde, a pesar del poderoso té entre mis labios y de las minúsculas sorpresas abrazando el destino.
Ustedes comprenden que una ballena sin nada
es mucho más triste que una ballena que nada.
Y si una ballena no nada
se pone más triste que una ballena varada.
Liliana Felipe, sí.
sábado, 1 de enero de 2005
Cualquier tiempo pasado fue ¿peor?
Las doce de la noche del 31 de diciembre, probablemente de 1995.
Estoy sola en mi casa de Lavapiés. Sola sin Mónika, sola sin mi madre y sin mi tía, sola sin gatos, sola conmigo, sola. Tengo veintitrés años recién cumplidos y vivo sola. Y a mí me gusta que sea así. Por eso he inventado cenas glamurosas llenas de gente fascinante y fantasmagóricas fiestas en las que reinan las drogas, el alcohol, el sexo y todas esas cosas de las que yo nunca participo.
Para que me dejen tranquila. Para que me imaginen rodeada de humo y ruido.
Pero.
Estoy en casa, llevo puestos unos guantes de color fucsia y miro cómo se desliza el agua hirviendo entre los cacharros sucios amontonados en el fregadero. Pienso que es, al menos, una manera eficaz de comenzar un nuevo año, quitando porquerías de en medio. Aprovechando el silencio de las doce.
Porque claro, todo el mundo estará ahora con la pesadilla de las uvas, dong, dong, dong, pero como yo no tengo tele, ni radio, sólo tengo este grifo abierto… y… las cataratas espumosas de mis lágrimas mezcladas con el Mistol Vajillas, hay que joderse, tenían que gritar tan alto los vecinos y lanzar cohetes y subir la música a un volumen ineludible, se acabaron las campanadas, se acabó el año, ¡se acabó!, a la reputísima mierda el plato y el vaso y la ensaladera y
suena el teléfono.
(Recuerda, estamos en 1995: aún NO existen los móviles y el teléfono está adosado a un contestador con a-l-t-a-v-o-z, de los que se usaban para filtrar las llamadas)
- Hola cariño. Ya sé que no estás en casa, pero quería ser la primera en desearte un feliz año… Te dejo este mensaje lleno de besos, para que sirvan de punto de equilibrio cuando regreses borracha como una cuba. Mañana hablamos. Chao.
Al día siguiente no hablamos.
De hecho, mi madre y yo no hemos hablado jamás.