miércoles, 30 de junio de 2004

Arroces.

Dorotea mastica lentamente, mirándome a los ojos. Es tan minuciosa que el movimiento rítmico de su mandíbula parece una danza previamente coreografiada. La barbilla también baila al ritmo de su paladar. Al fin, tras un tiempo infinito, una pirueta en su cuello delata que está tragando:
- Incienso.
- Incienso. No. El incienso no es comestible, cariño. Es comino.
Sólo ella es capaz de imaginar un arroz condimentado con incienso.

Arroz nupcial escanciado con el botafumeiro de las travesuras el día de nuestra boda.
Nos casamos hace catorce meses, en una iglesia de piedras ruinosas contra cuyos muros estrellamos tres veces nuestras frentes (una por cada piso sin ascensor de nuestra también recién celebrada mudanza, porque la superstición de los deseos se nos quedó congelada en el apagón que propició nuestro encuentro, pero esa es otra historia...) Fue una ceremonia breve, amenizada por música de acordeón, malabares y bailes tradicionales del Baix Ampurdá –las raíces folclóricas siempre como aderezo de los disparates familiares. Por supuesto, sin cura, ni tratamientos preventivos, porque la religión que practicamos no permite más alivios que los correspondientes a la noche de boda. Y la fiesta no acabó demasiado tarde, más que por falta de ganas, por puro agotamiento: las secuelas de la mudanza...

martes, 29 de junio de 2004

Domadoras de fieras.

La inspiración es algo complicado de domesticar. A veces, me siento sin más, esperando que las palabras broten, como garbanzos puestos en remojo que germinasen entre mis dedos. Textos legumbre. Potaje de retóricas flatulentas. Lo mismo que los despertares, imposible determinar qué circunstancias afectan en el “ánimo de comienzo” de cada nuevo día. Quizás los sueños, claro. Y con las palabras ni siquiera queda ese consuelo. A veces huyen de mí y otras me rebasan hasta casi estrangularme. Entidades salvajes; no sé cómo amansarlas.



Posdata de Octubre 2004
“To avoid discovery I stay on the run. To discover things for myself I stay on the run. (…)
The sign on the shop says VERDE, nothing more, but everyone knows that something strange goes on inside. People arrive as themselves and leave as someone else. They said that Jack the Ripper used to come here…”
Esa es la tienda, Verde & Co. Ltd.
Ahí está ella. Ahí estoy yo.
La foto es original;  ni la persona que la tomó ni yo fuimos conscientes del escenario, es más, ni siquiera se había publicado entonces The Powebook.
Y bueno, ahí estamos.


Pero claro, domesticar la inspiración sigue siendo algo bien distinto…

lunes, 28 de junio de 2004

Río.

El río de la noche y todas las benditas intenciones naufragando en las risas de mi insomnio.

“96, 97, 98, 99 y... ¡100! ¡¡VOY!!” Camino sigilosa por el pasillo de la memoria, evitando tropezar con esa tabla delatora de mis pisadas - el entarimado de mis recuerdos ajado ya por los años y carcomas varias, y mis movimientos torpes, porque a mi edad no es nada fácil jugar al escondite con la propia sombra – y justo ahí, donde muere el pasillo y nacen las utopías, en el balcón desde el que podríamos asomarnos y contemplar un rizo de mar conversando alegremente con un soldadito de plomo, en esa esquina encortinada, me descubro oculta detrás de un visillo transparente: acartonada tras una cortina. Replegada sobre mí misma, conteniendo la risa, con las rodillas apretadas contra la barbilla; niña traviesa presumiendo (sin asumir) la invisibilidad de la inocencia. No me cabe en el cuerpo tanta ternura. Le estornudo una carcajada a la vida y salgo corriendo, persiguiéndome a mí misma por los rincones, refugiándome en la comisura de tus labios:
“Pormíyportodosmiscompañerosypormíelprimero"

domingo, 27 de junio de 2004

El tiempo.

“El tiempo, sus corrientes, mis mil preguntas entre los colmillos afilados, las contraseñas olvidadas, palabras rescatadas en los laberintos de un cajón sin fondo, el tiempo y sus huracanes, la limpieza de primavera a finales de NOviembre, paredes que sudan, memoria que ignora los calendarios, el tiempo, los tsunamis, ¿el tiempo?, la amnesia terapéutica o el olvido selectivo, las trampas de todas mis mudanzas y de todos mis empeños, mis deseos también tramposos, la sombra del tiempo y, en mitad de todo ello: recuperar la memoria de quiénes fuimos, ya que parece imposible descubrir quiénes somos. Camino despacio. Hago recuento. Me pierdo en un cañón y me contemplo desde la roca más alta: soy un ave carroñera esperando mi propia muerte para alimentarme de ella. Ave Fénix submarinista en mis abismos insondables. Querría hacer inventario de todas las plumas perdidas entre las nubes, regaladas a las estrellas de mar: Pluma del timón de cola, estacionada en una isla frente a las costas del insomnio. Pluma de alerón derecho, abonando la maceta en la que florece el almendro cada primavera. Plumón de la gorguera, definitivamente instalado en la almohada sobre la que reposan todos mis gemidos. Plumillas escapulares, donadas a las buenas causas del tránsito: to avoid discovery, I stay on the run. Vuelo rasante; estoy desplumada...”

Elena tropezando con un desnivel en los adoquines, a punto de perder el equilibrio y zambullirse de lleno en un charco aceitoso aparcado junto a un coche que no le pertenece. Elena caminando bajo la luz de las farolas, con una cesta llena de setas enhebrada en el brazo izquierdo. Elena doblando por la mitad la esquina de su casa, fabricando con ella un barco de papel y contemplando cómo naufraga en la alcantarilla al ritmo de sus pensamientos.

Hubo un abrazo quebrantahuesos en ese rincón: queda la sombra de alas abiertas planeando en sus secretas intenciones, y el deseo volando encapsulado en una nube azul que hace rato se acostó de mala gana, “Todavía es muy pronto, mamá”. Escenografías de la memoria, trampas en el nido oculto entre las grietas.

Fidel bajando el cierre del bar. “Véndeme un par de kilos, niña. A mi mujer le encantan los níscalos”. Buitres leonados en mitad de la ciudad. Estas setas valen su peso en lágrimas; hoy me ha salido cara la cena. Lactarius deliciosus. La alfombra del salón convertida en paraíso de los gnomos.

martes, 22 de junio de 2004

miércoles, 16 de junio de 2004

martes, 15 de junio de 2004

Tengo una pistola.

No me deja dormir ese peón con su estertor de martillos eléctricos y sierras radiales; es la última estrategia de la Reina para perturbar mi sueño: alicatar por enésima vez las paredes del baño y cambiar las griferías. Yo soy un animal nocturno. Me alimento del aire de la noche travistiéndome con los disfraces de Venus o de la luna, según las estaciones. Pero estas reformas imprescindibles en nuestro hábitat, que “sin duda regeneran nuestra calidad de vida” (de juego) me privan de los tardíos amaneceres y de la pereza demorada en las sábanas tibias del mediodía; me convierten en un fantasma que deambula ausente, sin fuerzas y con el espíritu bostezante, tropezando con los pobres caballos atónitos entre tanto escombro: nuestra casa se ha convertido en una demolición en blanco y negro y yo he perdido la coherencia de mis movimientos.

La restauración de la fachada fue el comienzo de un tropel de sinsentidos, de esta maraña de reparaciones infinitas, de la maniobra para conseguir que la noche y sus tristezas, dueñas de mi memoria, huyeran despavoridas ante la fatiga de las realidades: el alboroto del despertador berreando con furia a horas imposibles en las que todos los soles temen aún ver su reflejo despilfarrado en los pliegues de ojeras sin solución. Y esa cuadrilla de peones cómplices, pulcramente uniformados en su resignación y en su sentido de la perfección del deber bien cumplido, andamiando mis ventanas y regando con arena a presión las irregularidades de una fachada tan meritoriamente ajada por el musgo del tiempo. Años de erosión histórica arrasados con pulidoras y renovados sin piedad con una capa de granito indestructible, una piedra inmune a los vientos y a las lluvias y, claro está, a mis insomnios vitales. Era invierno entonces. Tristes meses en los que mi romance con el edredón –y en consecuencia, mi cortejo a las estrellas– fueron desplazados por el estruendo de la maquinaria obrera.

Ahora es primavera. El sol se dilata hasta horas insensatas, parece que no anocheciera nunca. Me ducho con prisa y sin placer, intentando no tropezar con ese artefacto amenazante que parece dispuesto a seccionar mis miembros hasta adaptarlos a la regularidad cuadriculada de las paredes y, en el momento en que me refugio en el abrazo del albornoz, con un ron, ronroneante y dulce como preámbulo de mis desidias, siento que se abre la puerta de casa: la Reina me mira amenazante, examina su territorio (analizando minuciosamente su más preciada posesión: yo...), disecciona el campo de batalla, la evolución de la cruzada, y comprueba satisfecha que sus ejércitos han llevado a cabo con perfección todas y cada una de las instrucciones planificadas a primera hora de la mañana. Entonces me sonríe y sustituye el algodón rizado de mi uniforme por sus propios brazos. “No sé qué haría sin ti, eres tan eficaz... Vístete: te invito a cenar”

Jaque mate. Fin de la partida.

martes, 8 de junio de 2004

Camino pegada a las paredes de los edificios, buscando la sombra. 
Y duermo boca abajo, muy quieta, con alguna pequeña parte del cuerpo en contacto permanente con otra alguna parte pequeña del cuerpo de Dorotea, como para no perderme en la confusión del sueño. Ni ahogarnos en mares de sudores compartidos. 

Espío a Ramiro, el vecino de enfrente: el verano se instala definitivo en nuestras vidas cuando él comienza a dormir con las ventanas abiertas de par en par y todas las luces de su buhardilla encendidas. No entendemos esa exhibición de su desorden doméstico, nos resulta fascinante, verle expuesto de esa manera, desplomado sobre la cama en calzoncillos, con los platos sucios de la cena invariablemente dejados aquí y allá, entre revistas, ropas arrugadas, cajas de discos vacías y discos sin caja. Tiene un oso de peluche sobre uno de los altavoces del equipo de música. Ramiro es enternecedor. Y guapo. Alguna vez le hemos visto masturbarse en su guarida, mirando películas porno de jovencitos depilados. El verano pasado madrugaba y apenas estaba en casa por las noches. Este año sin embargo debe encontrarse desempleado, duerme hasta bien entrado el mediodía. Ayer estuve a punto de lanzarle un avión de papel con un mensaje misterioso, y colar un poco de emoción en su vida, a través de su ventana eternamente abierta. Me pregunto cual será el nombre real de Ramiro.

sábado, 5 de junio de 2004

Volviendo a las andadas.

Con las redes llenas de nudos y los amores emponzoñados de anzuelos tramposos, los calendarios incendiándose en el interior de mis bolsillos y las palabras de Girondo batiéndose a duelo con las olas de un océano sobre el que planeo, mientras busco un lugar en el que aterrizar, más allá de tu barbilla.

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar en sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!